MESAS ENCUENTROS TE VEO 2016. CUANDO ALGUIEN VA AL TEATRO. POR: CARLOS HERANS


MEMORIA Y EMOCIONES

Carlos Herans

 “Tenía una memoria tan mala, que se olvidó de tener una mala memoria y comenzó a acordarse de todo”
RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

 Cuando Ana me embarcó en esta mesa redonda y me expuso por donde podía enfocar el tema, dando circunloquios varios acabó por decirme que hiciera lo que quisiera. La salvación estaba allí y la respuesta estaba en el viento. El me arrastra por la memoria y me he acordado de algunas cosas que en mi historia personal me han arrastrado al teatro para la infancia. Cada recuerdo conlleva una reflexión y encontrar el origen en palabras de “autoridades”, que lo son y han sido para mi.

Empecemos pues.

“Sólo la cultura da libertad.
No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas;
no la de pensar, sino dad pensamiento.
La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura.”
MIGUEL DE UNAMUNO
Discurso en el Ateneo de Valencia (24 de abril de 1902)

La memoria se asemeja a las incisiones que se producen por el buril en las planchas de cobre o zinc que se utilizan en la estampación de grabados, aguafuertes, punta seca…

Las emociones son esas marcas, en su conjunto, que articulan la estampa realizada, tras pasar por el ácido, recuerdos estampados como eventos de nuestra vida. El tiempo los transforma, como ocurre al bruñir, les añade luces y sombras, los mejora o corrige y permanecen o se van diluyendo.

El teatro cuando somos niños, es sobre todo emocionante. Al menos para mi ha sido así y las emociones que suscita se graban de forma indeleble, quizás recogidas en un detalle, un decorado, una luz, un actor, un gesto o una frase. Uno de mis primeros recuerdos de infancia, es de una representación teatral a la que asistí, probablemente a los 5 o 6 años. En la empresa en que trabajaba mi padre, en el periodo de Navidades se celebraba un acto para repartir juguetes a los hijos de los trabajadores y nos reunían en el local más grande de Madrid. La empresa tenía un grupo teatral de aficionados. En aquella ocasión, durante la representación, un príncipe estaba en una casa (decorado de papel pintado y envarillado) de una anciana (un tanto misteriosa). En un momento dado de su conversación (que no recuerdo), el panel trasero del decorado se inclinó hacia el público y el príncipe, diligente, lo sujetó y empujo a su lugar, donde alguien desde detrás lo recuperó en su sitio. Poco después el príncipe pagaba a la anciana con una bolsa de monedas y esta dijo: Gracias señor porque así puedo arreglar la casa que se me viene abajo. No he guardado otro recuerdo del resto del espectáculo, solamente esta anécdota y el título: “El príncipe que todo lo aprendió en los libros”. La obra de teatro era de Jacinto Benavente (fue premio Nobel en 1922) e impulsor de un teatro para la infancia. Este incidente que relato ha quedado grabado en mi memoria y probablemente me determinó a hacer teatro en el que debuté cuando tenía trece años.

Una colaboradora, en las Semanas Internacionales de Teatro para la Infancia, supongo que cansada de que contara esta anécdota, me ha regalado en 2010 una reedición del texto y su título es El príncipe que todo lo aprendió en los libros, y he podido por fin cerrar el círculo entre mi recuerdo y lo olvidado.

Sin duda la huella de aquella emoción me ha invitado durante mi juventud a desear pisar el escenario, a tratar de conocer los oficios teatrales, la fascinación de los telares y sus cordajes, los misterios de la iluminación desde las candilejas y los reguladores de reóstato, hasta los proyectores led y los pupitres electrónicos de regulación, la utilización del maquillaje y el vestuario, de la plancha metálica para los truenos, hasta el arco voltaico para los relámpagos y la lámpara estroboscópica.

A lo largo del tiempo me he encontrado con mis alumnos, cuando trabajaba en la escuela o en los coloquios de los festivales, con las mismas preguntas a los actores que yo me hacía, en mi infancia: ¿Cómo se hace cuando…? ¿Cuánto tiempo ensayáis? ¿Es muy difícil aprender el texto? Etc. y así una y otra vez.

La fascinación ante lo que ocurre frente a nuestros sentidos se traduce en la expresión de asombro en el rostro de los niños, con la boca y los ojos muy abiertos sin que la espalda apenas llegue a reposar sobre el respaldo de la butaca. ¿Qué emociones están sintiendo? Ese es el poderío del teatro cuando consigue transmitir emociones, por tanto la vida. Ficciones que les permiten vivir vicariamente otras vidas a través de los actores, imaginar otros mundos que existen en tanto en cuanto asistimos a la representación y que adquieren la impronta de ser verdaderos.

Vuelvo al hilo de mi errático discurso, para a reencontrarme con mi memoria , no tan remota, de las emociones que he vivido como espectador del teatro para la infancia. Una cosa es que como responsable de una programación, haya trabajado para seleccionar con criterios artísticos y de oportunidad los espectáculos y otra es las emociones que han provocado a lo largo de muchos años las propuestas escénicas que he contemplado. La huella que me ha dejado el teatro, sobre todo al descubrir el mundo teatral para la infancia de otros países con una trayectoria que, en el mío se había truncado, se ha fijado en mi memoria con fuerza como el descubrimiento de un mundo ya que durante la dictadura el teatro para la infancia en mi país era mínimo y mínimamente institucional, el resto tenía un formato amateur repleto de buenas intenciones pero de baja calidad.

El viento me llevó a un descubrimiento emocionante, provocado por la calidad y profesionalidad de las compañías que en Europa estaban construyendo el universo teatral para la infancia, desde estructuras tanto oficiales como privadas, que nos abrían la imaginación y nos dolían por las carencias que nosotros sufríamos.

“El arte no es un espejo para reflejar la realidad,
sino un martillo para darle forma.”
Bertold Brecht

En el teatro para la infancia manejamos un martillo que da forma a la realidad a través de la fantasía, la creatividad, que moldea en el pequeño espectador ¿qué cosas? ¿qué emociones? ¿qué sensaciones? ¿qué ideas?

Espectáculos que conmueven, que traspasan los límites de la escena y que se graban en la memoria ¿sería esto un criterio de calidad? Ante esta pregunta retórica, me sumerjo en los meandros de mi historia como espectador y surgen entre la espuma de la corriente, con la emoción de la simplicidad que nos abre el pensamiento, una serie de momentos inolvidables. En unos casos por su calidad estética, o por su estilización, por el derroche de creatividad que encierran, o por la belleza del trabajo de los actores, técnicos, escritores, iluminadores….Esa constelación de esfuerzos que produce ensimismamiento durante 30, 50 u 80 minutos, con un brillo estelar que nos conmueve profundamente. ¿Es posible otro criterio para valorar la calidad de un momento mágico del teatro?

La clave probablemente se encuentre, en palabras de Peter Brook:

“Para hacer teatro, para estudiar y comprender el teatro, necesitamos solamente una cosa :la materia humana.

…La guía mas importante que conozco para el trabajo, la que escucho siempre, es el aburrimiento. En el teatro, el aburrimiento es el diablo, puede surgir en cualquier momento. En un instante nos asalta por detrás, es voraz. Busca el momento para deslizarse de manera invisible dentro de una acción, un gesto, una frase.

…El público en general, pero sobre todo el público infantil, es el mejor crítico. No tienen ideas preestablecidas, se interesan o se aburren, están con los actores o se impacientan.[1]

Ese es el terror: sentir el ruido en la sala, no saber a que se debe, intuir mientras se actúa que algo falla y efectivamente en la mayoría de los casos, falla: la emoción desaparece y el aburrimiento nos acosa. Ese diablo también puede revestir la forma de espectáculos estereotipados, llenos de concesiones a lo políticamente correcto, al concepto espectacular de los mass media, a las grandes factorías de producción cinematográfica, a la mera ilustración de libros, a los mensajes transmisores de moralina, a los productos que desprecian a la infancia y tratan exclusivamente de la especulación económica en este sector. En definitiva que se mueven en el ámbito de la cultura que está consagrada a satisfacer un gusto y una estética pequeño burguesa y a las leyes del mercado. Coartada cultural que justifica la existencia de “actividades para la infancia” patrocinadas por marcas comerciales o instituciones públicas que necesitan mejorar las ratios de espectadores en los teatros institucionales.

Retorno a mi experiencia personal (a ciertas edades conviene ejercitar la memoria). En la mía quedan mas emociones sentidas y vividas en el teatro para la infancia que en el teatro para adultos que he visto en los últimos años, en el cual se repiten modas y eternos retornos a estéticas de hace muchos años con una capa de modernidad, que suele esconder la impotencia por el descubrimiento, por el riesgo, por la libertad creadora, por el compromiso social, navegando en una permanente angustia existencial en monólogos interminables, reflejo de un cierto narcisismo de sus intérpretes. Vengo a recordar a Luca Ronconi que en alguna ocasión afirmaba que el teatro se había acabado con Chejov, (retornemos a la materia humana que exige Brook).

En un nuevo meandro de este fluir de reflexiones, encuentro a nuestro García Lorca:

“El teatro es una escuela de llanto y de risa, y una tribuna libre donde los hombres pueden poner en evidencia morales viejas o equívocas y explicar con ejemplos vivos, normas eternas del corazón y el sentimiento del hombre” [2] 

Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

 

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.” [3] pensamientos de 1931.

El hecho de trabajar para la primera infancia, no nos debe apartar de un objetivo: que gocen de los frutos del espíritu humano….

Nuestro oficio es un navegar en el vacío a partir de experiencias anteriores que decantamos tratando de encontrar la piedra filosofal, que nos asegure el éxito, en el sentido más honesto de la palabra: El regalo de un público ensimismado o que comenta con maravillosa ingenuidad los acontecimientos que contempla, o que se duerme plácidamente ante bella músicas e imágenes, o que quiere penetrar en ese espacio sagrado del escenario y manipular el mundo de objetos que lo pueblan. Las sonrisas, las miradas, nos devuelven ese lazo de empatía que traspasa la barrera del espacio escénico. El placer del actor es inigualable cuando este fenómeno se produce y su razón única de existir. Mi admiración en estos años a los actores y técnicos que trabajan en este sector, cargan furgonetas y hacen kilómetros y kilómetros de carretera para llegar, montar actuar, desmontar; mi admiración es total y sus salarios no pagan el esfuerzo y el trabajo que realizan, persiguiendo un sueño de comunicación humana que no se encuentra en ningún otro medio.

Sobre estos temas he compartido conversaciones con muchos de los que han actuado o he dirigido y la lógica de este trabajo radica en una ilusión desmesurada por encontrar un absoluto de emociones compartidas con el público. No hay ninguna garantía de que nuestro trabajo sea un éxito…es una posibilidad que se persigue obsesivamente y que por ser inalcanzable tantas veces, motiva un nuevo reto más allá de la mera supervivencia profesional.

Nos ponemos al servicio de un público en permanente descubrimiento, que en la mayoría de las ocasiones nos llega de la mano de profesionales de la educación con una particular sensibilidad para las artes escénicas. De esta manera nos introducimos en el proceso educativo y ampliamos el eco de los espectáculos al insertarnos en el corazón del futuro de la sociedad. El espectador infantil construye su mundo sensorial, emocional e intelectual a través de múltiples estímulos, entre otros la experiencia del teatro en vivo, en relación directa con los intérpretes. La huella que deja la experiencia no es como la del espectador adulto que ha aceptado asistir al teatro. ¿Cómo podemos recibir la respuesta, el eco, la huella que ha dejado en los pequeños espectadores? ¿Cómo podemos hacer una inmersión en su memoria para encontrar la emoción suscitada?

Quizás este sea un trabajo por hacer. Elaborar un protocolo de recogida de información de las huellas de los espectáculos, a los largo de algunos años. Esto requiere de una colaboración con los centros educativos y de los profesionales.

En lugares y teatros que tienen un registro claro de la actividad, ¿sería posible un compromiso para conseguir una muestra de “memorias” de espectáculos? ¿Qué aspectos han sido significativos para el público infantil? ¿qué imágenes, palabras, recursos escénicos se han grabado en su memoria? Por último ¿sería útil hacer este trabajo?

Pero lo que me parece interesante sería seguir un trabajo metódico en varios lugares con programación y producción propia. ¿Podríamos encontrarnos aquí dentro de dos años y obtener los datos sobre ese estudio?

Para nosotros esta herramienta proporcionaría una visión más objetiva (dentro de los diversos condicionamientos, en que tantas veces se desarrolla nuestro trabajo) y orientadora sobre la transmisión entre escena y público.

Me vuelvo a preguntar ¿sería útil?

Como afirma Jorge Semprún, prisionero en el Campo de Concentración de Buchenwald, escritor, guionista de cine y Ministro de Cultura de España y cuyas palabras hago mías: “He perdido las certidumbres, pero conservo las ilusiones”.

No otra cosa es hacer teatro: trabajar en la incertidumbre y lograr las ilusiones. Espero y deseo que ese príncipe con el que comencé estas líneas, y al cual me remito para que ponga orden en el caos de mi memoria y me justifique, como un eterno retorno, a mi dedicación al teatro:

“Vi realizados todos mis sueños, porque creía en ellos. Encontré almas buenas como las hadas buenas; encontré hombres feroces como los ogros; encontré una princesa como las princesas de los cuentos. Para esta buena vieja que me salvó con su compasión y me desengañó con su experiencia, os pido ricos galardones, porque fue mi hada buena. Para el hombre feroz, como los ogros que arruinan a los pobres y llevan la miseria a todas partes con su egoísmo, os pido justicia… Mi viaje no fue tan desgraciado, ni puedo desengañarme de mis ilusiones… Aprendí que es preciso soñar cosas bellas para realizar cosas buenas. ¡Felices los que saben hacer de la vida un bello cuento…!”[4]

Finalmente voy a utilizar palabras de poeta: Gabriel Celaya. Buenas y bellas palabras sobre la educación y el papel que compete a aquellos que como nosotros nos hemos dedicado y os dedicáis a la educación y cultura de y por la infancia.

Educar es lo mismo
que poner un motor a una barca…
Hay que medir, pesar, equilibrar…
…y poner todo en marcha.
Pero para eso
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino…
un poco de pirata…
un poco de poeta
y un kilo y medio de paciencia concentrada.
Pero es consolador soñar
mientras uno trabaja, que ese barco, ese niño
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes, hacia islas lejanas.
Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada.

Valladolid 19 noviembre 2016

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1.- “Le diable c’est l’ennui” Peter Brook. Cahiers nº 4. ACTES SUD-PAPIERS. 1991.
2.- Discurso a los actores madrileños. 1935 (fachada del teatro Español de Madrid).
3.- Federico García Lorca al pueblo de Fuente Vaqueros (Granada) en septiembre de 1931: “MEDIO PAN Y UN LIBRO “.
4.- “El Principe que todo lo aprendió en los libros” Jacinto Benavente. Reedición Editorial Juventud. 2010.
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Te Veo

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